2060

Los hippies llegaron en furgonetas y se saludaron con un beso en la boca. Ellas con ellos, ellos con ellas, ellas con ellas, ellos con ellos, todos entre sí. Yo jugueteaba inocentemente con una pulsera de hilo bicolor en el asiento trasero del coche, y no pude dejar de mirar.

No sabría decir si llevaban mucho tiempo sin verse o si habían salido juntos de algún punto de nuestra geografía y se reunían después de largas horas conduciendo sin descanso. En mi mente se cruzaban diferentes historias, todas ellas posibles, todas ellas inventadas, pero en todas se justificaban sus sonrisas, sus abrazos, su alegría por el reencuentro, su aparentemente sana complicidad. Me entretuve posando mi mirada en sus pantalones ligeramente acampanados, en sus abrigos, en sus patillas y bigotes, en sus cortes de pelo, y en sus cinturas estrechas. Parecían alimentarse del aire, de pétalos de margaritas y de amapolas, tener el aura impregnada de la esencia del verano del amor y la revolución pacífica. Y yo no podía dejar de mirar.

Una de las chicas tiraba de la parte baja del jersey de lana de su compañera mientras hablaban, jugueteaba estirando y encogiendo el punto, a mí me fascinaba su proximidad. No podía dejar de mirar, y tanto era así, tanto tiempo debió pasar, que se dio cuenta de algún modo ,se giró y nuestras miradas se cruzaron.

Turbada, traté de mantener la vista hacia delante, concentrarme en la conversación que tenía lugar en nuestro coche, en la noche y las primeras estrella que se encendían, en el embriagador olor de la gasolina, en el efecto hechizante de las ondas de RNE3. Intenté cerrar los ojos y poner una barrera palpebral a mi curiosidad, pero fue imposible, me había quedado enganchada a las   cortinas de colores de sus ventanillas.

Al fin arrancamos. Mientras en coche se alejaba, a modo de despedida, una mano alzó sus dedos índice y corazón con la palma hacia afuera. Desde la parte trasera del coche, con la pulsera bicolor todavía en la mano, sonreí y le devolví el gesto, paz amiga, nos vemos en Woodstock, en 2060, por mí repetimos la revolución.

Alien vs Predator

18.1.2o13 (2)

Con las pilas cargadas y el corazón chispeante la cuesta se baja sola. Riendo, y saltando, pasito a pasito, rodeándote, el camino se hace más corto. ¿ A dónde íbamos?, desde atrás mi voz remonta tus hombros. Lo sabes muy bien. Cuando te lo propuse la primera vez no te pareció mala idea, ahora no puedes echarte atrás. Cuánto lo siento, canturreas.

Ya con  los billetes en el bolsillo, esperando en el andén y con las manos en el vientre,  la emoción en los ojos, está a punto, como siempre. De pronto aparece. Siento tu mano en la mejilla y en la barbilla. Ahí está, la electricidad, que estaba en el agua, que estaba en el aire,  ahora está entre los dos. 

Trenes I

“Nadie es pobre” dijiste cuando cuando me dí la vuelta después de alabar tu arte y justificarme señalando mis bolsillos vacíos.  Quise devolverte una bonita sonrisa, pero sólo logré la mueca del que acaba de ser tocado y hundido, pequeña ante tus ojos, negros, duros.

Siguiendo mi camino me senté a esperar en la cafetería más próxima. Desde la mesa que estaba al lado del cristal pude ver cómo empezabas a recoger tus bártulos y me pregunté qué ocurriría si te invitaba a sentarte conmigo, a que me contaras la historia que delataba tu acento . “¿Te atreves?” me reté.  Sintiendo que sí, pensando en cuánto nos perdemos al dar tregua a nuestros miedos, y con el corazón latiendo desbocado aparté la silla de la mesa y me levanté decidida.

“Piensas demasiado, nena”.

Tu pasabas arrastrando tu carrito calle abajo, mirando al frente y yo apoyaba la mano en el cristal.

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Samba del patio de luces

Patio de luces

Todavía húmedo, con la toalla naranja enrollada a la cintura, recorrió el corto pasillo que iba del baño a la habitación. Repetía ese baile ridículo en el que con los puños cerrados, movía el tronco hacia arriba y hacia abajo mientras sus pies retrocedían dos pasos y recorrían tres hacia adelante. Se divirtió pensando en la falta de vergüenza y de sentido del ridículo que provocaban la ausencia de público.

Se secó emulando a esos streeper que restriegan sus pantalones recién arrancados por la entrepierna y lanzó la toalla detrás de la puerta. Dio un par de vueltas más sobre sí mismo, para finalizar delante del mueble que usaba como armario. Hacía calor y estaba ya totalmente seco, así que como siempre, con los brazos en jarras, miró hacia abajo y le preguntó al gato, ¿qué nos ponemos hoy?

 Fue entonces cuando la oyó por primera vez.

 Una voz hermosa de mujer llegaba desde algún piso más arriba, por el hueco del patio de luces cantando una canción en portugués. Se acercó a la ventana para poder oír mejor la melodía y advirtió que se trataba de una samba. A pesar de que era un gran conocedor de la música del momento, este género en concreto se le escapaba, y aunque llegó a comprender palabras sueltas y algunos versos, jamás habría dado por si sólo con la canción.

Era una voz maravillosa y llena de matices que le atrapó completamente. Absolutamente hipnotizado por el canto de la vecina sirena, cuando quiso darse cuenta, su imaginación había construido en torno a las prodigiosas cuerdas vocales, un largo cuello de cisne, y un delicioso cuerpo dorado que gozaba de todos los atributos de la mismísima garota de Ipanema. Se imaginó una linda sonrisa, una melena espesa que caía sobre una espalda estrecha, la antesala de unas caderas generosas que se bamboleaban con gracia al caminar. Qué voz. Se la imaginó en la cocina, cantando mientras preparaba una comida típica brasileña para los dos. Se imaginó con una botella de vino en el umbral de su puerta, y se imaginó agarrado a su cintura, mientras los dos cantaban a coro aquella samba alegre. Qué voz.

 Después de un cuarto de hora de concierto estaba hechizado, había olvidado que tenía que irse al despacho, y lo único que le importaba era saber qué canción era esa que había irrumpido en su cuarto para volverle loco. Pensaba en que esa música era lo único que lo unía a ella, era la excusa para acercarse a su casa y pedirle un baile. Sí. Se aprendería la canción, y se asomaría a cantarla por la ventana, para que ella supiese que él vivía unos cuantos pisos más abajo, y se moría por bailar. Se le ocurrió utilizar esa aplicación de su teléfono móvil que permitía grabar una canción cualquiera que estuviese sonando en un momento determinado, y localizar en la red el título y el autor.

 El contacto con el metal de la ventana le recordó su desnudez a través de un escalofrío, y con el móvil en la mano, se sentó en el alféizar para acercar lo máximo posible el dispositivo al lugar de donde provenía el sonido y le dio al rec. La tarea era difícil porque no quería dejar expuestas sus partes pudendas a as miradas indiscretas de otras vecinas, y tampoco a las palomas sin manos disponibles para poder defenderse. La postura era realmente incómoda, pero el triunfo bien merecía unos minutos de molestias.

Fue entonces cuando la oyó por última vez.

Cuando consideró que había grabado durante un tiempo suficiente para poner en marcha el buscador y quiso darle al botón de parada, el pie que le aseguraba, con el que se había entrelazado a la pata de la misma mesilla que le sirvió de escalón para trepar a la ventana, resbaló, y su cuerpo se precipitó desde un sexto piso.

En el patio de luces, por un momento, se mezclaron la samba y los gritos.

La pinza que cayó de la mano de la primera vecina que salió a tender la ropa, aterrizó sobre el botón de stop, los hilos de sangre que resbalaban por sus orejas, se fueron hasta el desagüe más cercano y las melodías brasileñas,  recorrieron el alcantarillado antes de alcanzar el Atlántico.

Llamamiento al Karma

geranio

Lo barrí sin piedad en cuanto lo vi asomarse al retirar aquella maceta. Cayó boca arriba en el siguiente escalón, pero ni sus último y silenciosos estertores lograron conmoverme, por lo que sobre él, vertí toda la demás porquería que había reunido, compuesta de ramitas, pelos, polvo y arena. También estaban presentes y rojos los pétalos caídos del geranio, como una corona para la sepultura, como una última ofrenda de la planta con la que había compartido maceta durante quién sabe cuantos días.

No me gusta matar bichos, no soy como esos críos que disfrutan arrancando las alas a las moscas. Aunque reconozco cierto repelús, no puedo evitar que me invada un sentimiento de culpa cuando accidentalmente piso la concha de un caracol, o cuando rompo con la escoba alguna tela de araña (¡un hogar!), así que tengo mi método. Cuando encuentro algún insecto, me hago con un papel, le doy de forma de cuchara, y acto seguido recojo al sujeto y lo arrojo por la ventana asegurando una trayectoria parabólica perfecta para que este caiga en nuestro mullido y confortable césped. También me gusta abrir las ventanas y correr las cortinas, siempre favoreciendo la salida de moscas y moscones. En caso de que el encuentro se produzca en su territorio, es decir, conmigo descansando sobre la hierba, trato de molestar lo menos posible, y me recreo en su paseo hasta que el animal desaparece de mi vista.

Desgraciadamente hay una excepción, y esa es la del ciempiés. No se si son sus largas antenas, o sus cien patas ondulantes de aspecto quebradizo, no sé a qué trauma responde mi fobia o porqué esa falta de sensibilidad, pero cuando los veo aparecer en la bañera (vivir en el campo es una maravilla, pero tiene sus contras), no puedo evitar precipitarme hacia el “micrófono” de la ducha, abrir el grifo a tope y apuntar hacia él hasta que lo veo desaparecer por el desagüe. Toma castaña. No es victoria lo que siento cuando termina esta guerra injusta.

Ayer descubrí que mi madre y yo compartimos la misma técnica de exterminio. Esta vez me encontraba yo lavándome lo dientes, así que fue ella la que terminó ahogando al quilópodo. “No lo mates” dije yo, a lo que respondió. “¡Si hombre!”. Todavía no comprendo porqué surgió de mi esa compasiva exclamación, porque ella sabe, y yo sé, y los ciempiés saben y comentan en sus asambleas anti-aniquilación que si lo hubiese visto yo primero, su destino habría sido el mismo, tal y como finó hoy el habitante de la maceta.

Me gustaría cambiar. Me gustaría sentir por el ciempiés la misma consideración que por los demás insectos, pero temo no ser capaz. Me propongo hacerlo bien, y pienso que podría usar mi método de la cuchara…pero la sola idea de que recorra el papel, de este salte a mi mano, y de mi mano a mi brazo y que lo recorra con esas espasmódicas y grimosas patitas…me hacen desechar la idea.

Me gustaría cambiar. Por eso hago un llamamiento al Karma, para que, en mi próxima vida, no me toque reencarnarme en carne, ni en lápiz, ni en papel, ni en pincel. Está decidido, yo quiero pasear, entender y sentirlo todo desde el suelo. Quiero ser ciempiés.

PD.:¿Cuál es tu metodo?

GuaRdaDieNtes II

-Mamá, ¿volverán a salir?….

-Sí, volverán a salir. Tus perlados dientes nuevos están ahora empujando bajo las encías y pronto taparán esos huecos negros por los que tu lengua asoma y que hacen que tengas esa expresión tan graciosa. Recuperarás tu preciosa sonrisa, pero…¿te has visto?

Guardadientes niño

Vello sen dentes (largo 8,8x ancho5,4x alto 4,9)Guardadientes niña

Vella sen dentes (largo 8,8x ancho5,4x alto 4,9)

Guardadientes-SuperMuelaSuperMuela  (largo 8,8x ancho5,4x alto 4,9)

Guardadientes-Rato

Pérez (largo 8,8x ancho5,4x alto 4,9)

Taras y nomadismo

febrero 2013

Sentada en la cafetería después de un largo día caminando por el centro de Londres me dispuse a estrenar una libreta. No era una libreta cualquiera, sino una Moleskine.

Las había visto cientos de veces en librerías y papelerías, pero nunca me habían llamado particularmente la atención hasta que te vi escribiendo en ella, y llevándola contigo a todas partes . Aunque he de reconocer que su diseño me gusta, y su tacto es muy agradable, creo que cualquier libreta anónima puede llegar a ser igual de especial y desprender la misma esencia que las denominadas legendarias. También es cierto que después de ver muchas páginas web y blogs en los que hablaban sobre ellas, en las que te explican cosas como que los más grandes artistas de los dos últimos siglos estamparon sus obras de arte sobre sus páginas, o su nacimiento en una pequeña encuadernadora francesa, o esa forma de definirlas como sinónimo de cultura, memoria, viaje e identidad personal, o como “acumulador de ideas y emociones que van liberando su energía a lo largo del tiempo” hacen que te pique el gusanillo y que tú también quieras que tu creatividad e imaginación tengan una soporte tan extraordinario.

El caso es que, a pesar de todo me hice con una  debatiéndome entre los dos argumentos, en si la inversión merecía o no la pena y reconociendo mi propia estupidez.

Al abrirla, reparando en su sencillez, (un simple rectángulo,rojo en este caso, con los bordes redondeados y un cierre elástico para sujetar las páginas), descubrí un  bolsillo interior en el que había un pequeño panfleto en el que se explicaba toda su historia y que incluía un  pequeño párrafo que decía lo siguiente: “Control de calidad. Cada producto Moleskine ha sido sometido a rigurosos controles de calidad. Si, a pesar de todo nuestro empeño, hemos pasado por alto algún defecto, te rogamos nos lo comuniques”. Además en dicho bolsillo había un número de identificación para enviarles junto con una foto digital de la tara detectada.

Y..¡Oh, sorpresa! La primera página de mi nueva y exclusiva moleskine presentaba una falta. ¡Doblada y mal cortada!¡Qué fatal casualidad!…Tomé la pegatina de “Quality Control”, y pegué el extremo defectuoso a la hoja, sin ninguna intención de comunicarlo a los fabricantes. Ahora si que era exclusiva.

Una rebelde que se había pasado el control de calidad por el forro de las tapas…

Moleskine

Han pasado ya unos meses desde ese primer día y sigo sin pesar que sea una libreta más especial que cualquier otra, no creo que sea un “complemento indispensable”, simplemente es la mía y quizá la idea más atractiva sea que no es algo de lo que deshacerse al llegar a la última hoja. En los días que siguieron y hasta hoy, ha servido de sumidero de ideas, pensamientos, dibujos…y al pasar las páginas y ver que comienza a estar llena con algunas de las cosas que han pasado por mi cabeza últimamente pienso en que me gustará conservarla y volver al ella algún tiempo después.

Será el vehículo para recordar lo que en algún tiempo pensamos, lo que en algún tiempo fuimos, lo que en algún tiempo sentimos y cuál era nuestra marca, esa que no está registrada en ningún sitio, pero que cada uno, y por diferentes razones necesitamos ver impresa.